Autor:   Articulo publicado en semana.com

Como en otras partes del mundo, las poblaciones de abejas en Colombia siguen colapsando ante la mirada impotente de apicultores, ambientalistas y científicos.

Las abejas son esenciales para los ecosistemas y la agricultura. Sin ellas, muchísimas plantas no podrían reproducirse. Junto con otros animales, esos bichos maravillosos polinizan alrededor de la tercera parte de los cultivos del planeta, según la FAO. Pero ese servicio ambiental está en riesgo. Las imágenes de trabajadores polinizando manzanares de forma manual y muy costosa, le han dado la vuelta al mundo. Como en Black Mirror, la serie de Netflix, la pesadilla distópica de un mundo sin abejas trasnocha a los expertos.

Las abejas son sinónimo de desarrollo sostenible. Indígenas, campesinos y empresarios agrícolas producen miel con impacto ambiental razonable. Son “ganaderos de vacas chiquitas”, como algunos de ellos comentan entre risas, pero en lugar de devastar selvas, su “ganado” las conserva. Más allá de las discusiones interminables sobre veganismo y maltrato animal, la apicultura es un emprendimiento compatible con un planeta vivo. El oficio es tan sofisticado que ya existen contratos de polinización entre apicultores y agricultores.

Esos mismos apicultores han reportado muertes súbitas de colmenas enteras en las cuatro esquinas del país, simultáneas con fumigaciones de cultivos. Desde el Meta a Urabá, del Cauca a Sucre. Las pérdidas son multimillonarias, y algunos afectados han considerado demandar al Estado.

Es probable que no solo la Apis mellifera, la especie más usada para producir miel, esté muriendo. Colombia tiene cerca de mil especies de abejas nativas. El país no conoce del todo qué está pasando con sus polinizadores y el desastre de los apiarios posiblemente es la punta del témpano.

El Ministerio de Ambiente cuenta con una iniciativa en la materia que es importante, pero que debe llevarse a la práctica cuanto antes. Por ahora, se ha quedado en el papel. El ICA se raja en el control de los pesticidas, hay contrabando y poca regulación ambiental, mientras las abejas siguen cayendo como moscas.

El Estado está en mora de esclarecer por qué mueren las abejas. Los “sospechosos” son, entre otros, varios tipos de pesticidas. La Unión Europea ha emitido normas que restringen el uso de algunos neonicotinoides, ampliamente usados en Colombia, y los principales “acusados” de matarlas.

Las opciones para solucionar el problema son amplias y van desde prohibiciones hasta el uso en ambientes controlados, como los invernaderos. Nadie quiere obstaculizar la agricultura, pero sí urge una mejor regulación. En todo caso, no hay cultivos sin abejas.

La muerte masiva en Colombia de estos animales fascinantes sigue impune. Es un desafío global que requiere acciones locales. El día mundial de las abejas, el próximo 20 de mayo, es una buena oportunidad para pasar de la discusión a la acción. Como cualquier asunto público, es un problema técnico, pero también político. Debería importarle a toda la ciudadanía, si no queremos un futuro con drones en lugar de abejas.

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